sábado, 2 de diciembre de 2017

El Muelle

Por: José Alberto Zayas Pérez
Premio del concurso de cuentos breves Vértice, 2017*

Una visita de trabajo me lleva al muelle de la ciudad costera de Swakopmund en Namibia. En el lugar veo a una señora sonriente venir a mi encuentro.

– ¿Le gusta la ciudad? – me pregunta con una inusual familiaridad.

Le confieso que es un sitio único. Mis palabras parecen iluminar su rostro.

– Se ve que usted entiende – me dice enigmática.

– ¿Está de paso? – La interrogo, curioso, tal vez, porque la había observado haciendo fotos con su celular.

– Vivo aquí hace muchos años, pero todos los días vuelvo al espigón a tomar nuevas instantáneas – me responde nostálgica.

– ¿Acaso, no son las mismas imágenes tomadas durante tantos años? – Se me escapa una interrogante desafortunada.

– ¡No!, cada día encuentro sutiles detalles diferentes que me hacen volver a este sitio de añoranza – Me expresa con énfasis, y cierto enojo a la vez.

Sus ojos azules me miran con desilusión, frunce el ceño, da media vuelta y se marcha sin despedirse. La veo desvanecerse en la neblina, que envuelve toda la ciudad, causada por la corriente fría de Benguela.

¿Qué sentimiento quedó inconcluso en esta señora que todos los días se repite a sí misma, tratando de fijar, tal vez, el vestigio de un recuerdo, y nada más?

En mi mente, la opresiva duda. ¿Acaso será una nueva Penélope?

*http://www.cnctv.icrt.cu/2017/11/02/escritor-bayames-gana-concurso-nacional-vertice/
*http://lademajagua.cu/dan-a-conocer-ganadores-del-concurso-vertice/
  


                                                                     

¡¡Sekuriteitswag!!

¡¡Sekuriteitswag!!

domingo, 15 de octubre de 2017

Más que para gusto, se han hecho los colores.




Por: José Alberto Zayas Pérez
Les ofrezco: cinco grados menos de temperatura en el interior de su vivienda. Demando: unos minu­tos de su tiempo.
No hay que esperar una centuria para padecer los cambios bruscos en el aumento de la temperatura. Hay que pasar de la etapa de preo­cuparnos por los cambios climáticos a ocuparnos en acciones concretas en los disímiles campos del saber.
Los problemas deben dejar de in­quietarnos para realizar lo que nos corresponde; pienso en las situacio­nes bioclimáticas de muchas de nuestras viviendas, asociadas a su diseño o construcción, en algo apa­rentemente tan intrascendente como los colores con los que pinta­mos, enchapamos o cubrimos los pisos de casas, instalaciones pro­ductivas, de servicios o espacios pú­blicos.
En las últimas décadas, los proble­mas climáticos asumen el protago­nismo: huracanes, fuertes lluvias, inundaciones, prolongadas sequias, elevación de la temperatura…, obli­gando a perfeccionar los planes de contingencia ante los retos de la na­turaleza.
Sabemos que en la mayor parte de los casos se sustituye la vivienda tradicional por una casa provista de cubierta con losa de hormigón arma­do (placa), buscando mayor seguri­dad, calidad y duración y, en no pocas ocasiones, su diseño y cons­trucción revelan serias deficiencias en su comportamiento bioclimático.
El término diseño bioclimático o arquitectura bioclimática es relati­vamente reciente. Radica en optimi­zar la relación hombre-clima mediante la forma arquitectónica.
La arquitectura bioclimática consiste en el diseño de edificios tenien­do en cuenta las condiciones climáticas, aprovechando los recur­sos disponibles: sol, vegetación, llu­via y vientos para disminuir los impactos ambientales.
Leí en un artículo, de una enciclo­pedia digital, que los altos puntales se consideran recurso esencial para el diseño bioclimático en climas como el de Cuba, lo cual es válido cuando se trata de edificaciones de una sola planta con cubiertas ligeras expuestas a la radiación solar, pues el puntal alto aleja de las personas la fuente emisora de calor radiante, por tanto, de la sensación de calor percibido.
En cubiertas pesadas, el efecto de la elevación del puntal en la tempe­ratura apreciada es despreciable, por eso la decisión de diseño no se justifica desde el punto de vista eco­nómico.
Mejores resultados podrían obte­nerse reduciendo la capacidad de luz absorbida por la superficie exte­rior de la cubierta. Por ejemplo, con solamente pintarlas de blanco, la sensación térmica interior puede re­ducirse hasta en cinco grados.
En el diseño de las nuevas urbani­zaciones se observará en su trazado la dirección de los vientos predomi­nantes para favorecer el régimen de brisas en los espacios edificados, que contribuya a disminuir la radia­ción solar; además de una adecuada orientación de las instalaciones con respecto a la luz solar, en dependencia de las actividades a realizar. En el mismo sentido, el uso de colores claros en la edificación disminuye la sensación térmica.  El empleo de la vegetación reduce el efecto de la radiación solar y el calor absorbido por las edificacio­nes y los pavimentos, contrarresta el efecto de “isla de calor urbano”, que se caracteriza por su dificultad para disipar el calor durante las horas nocturnas, mejoran el microclima térmico, purifican el aire y modifi­can los patrones de flujo del viento.
Cumplí mi compromiso de divul­gar las maneras para mejorar la re­lación del ser humano con la naturaleza, solo espero con ansias el fin de semana, provisto de short, gorra, escoba, brocha y una tanque­ta de pintura blanca, para acometer la tarea.
Cinco grados menos de calentura dentro de mi vivienda es una oferta demasiado tentadora para no pro­bar, ahora que se acerca el verano, con su carga de agobiante calor.
( Temas consultados: Arquitectura bioclimática, Arquitecta. Doctora en Ciencias Dania González Couret. ISPJAE. Enciclopedias Wikipedia y EcuRed)
*http://lademajagua.cu/wp-content/uploads/2017/05/P–gina-3-2.pdf
Edición impresa 1334 del semanario La Demajagua, sábado 20 de mayo de 2017

viernes, 10 de febrero de 2017

¡De…Afuera!


 
 ¡De…Afuera!
A propósito de un artículo anterior, ¨Gabriel, el Geógrafo de la Cañada del Aguacate¨, decía ¨… Gabriel, nuestro correligionario de trabajo, ya pasó los 60 años, pero sigue con su alma de niño sorprendiéndonos cada día. Sus colegas de labor toleramos compasivos las ocurrencias de este geógrafo de la Cañada del Aguacate y sus inevitables apodos a todo el
colectivo.

A mí me dice el Niño, cuando ya dejé hace mucho tiempo esa etapa de la vida, lo que me hace recordar y reflexionar sobre algo que escribí estando en Namibia cumpliendo colaboración técnica, a modo de chanza, que viene a reforzar una extraña opinión sobre la creencia de algunos de mis compatriotas sobre las bondades espirituales y cualidades físicas que supuestamente se adquieren al vivir en el extranjero, resumida en un etéreo concepto sobre el mundo exterior y que la gente sencilla lo condensa de forma mágica como, ¡De…Afuera!. En el cual expresaba:

En Cuba, rodeada de mar, la frontera invisible del más allá de nuestro suelo, está llena de misterios, y a diferencia de otras tierras donde el extranjero es un ser muchas veces visto como un villano, que de alguna manera representa una amenaza potencial al bienestar social, económico y cultural de su país, el forastero que nos visita viene a disfrutar los
placeres del clima y las bondades de nuestras gentes, en la medida que lo permite la capacidad de su bolsillo o la generosidad de su corazón, casi siempre solidario, por lo cual es retribuido con la clásica hospitalidad de nuestro rebeldes compatriotas.

Así que se da por hecho, que es un ser exótico, pudiente, digno de nuestra proverbial curiosidad, muy a tono con nuestro carácter extrovertido; las tierras que los cobijan deben ser también boyantes, poseedoras, tal vez, de la piedra filosofal, donde el cuerno de la abundancia destila su habitual riqueza.

La sicología del hombre sencillo se pierde en el tiempo y los reflejos, condicionados por su evolución, influyen en su comportamiento. Como no recordar la mística Isla de Bimini, con su fuente restauradora de la juventud, donde un jefe Arahuaco de Cuba, tal vez venido del sur de la Amazonía, reunió grupo de aventureros y navegó hacia el norte en un viaje de exploración, para desaparecer en el laberinto del tiempo; o en esas sempiternas tierras septentrionales, donde supuestamente estaba el apócrifo río Jordan, con sus aguas milagrosas, motivo de incesante búsqueda y ensalzada por la mística leyenda, para beneplácito de poetas y escritores.

Una historia más cercana es la de Matías Pérez, un portugués radicado en Cuba, fabricante de toldos y lanas, el cual voló en un globo aerostático un 29 de junio de 1856 para no volver jamás, de ahí la frase que trascendió en el tiempo “Voló como Matías Pérez”, para referirse a alguien que no hemos vuelto a ver.

La sensación de vivir en un lugar aislado, quizás condiciona nuestra proverbial locuacidad y la necesidad de buscar otros espacios, más allá de nuestras tierras, contribuyendo a la creación de arquetipos sobre el mundo exterior y sus bondades, tal vez por eso, nuestro José Martí, profundo conocedor del alma criolla, expresaba, con énfasis, en su conocida frase, “el vino, de plátano; y si sale agrio! es nuestro vino!” para resaltar la dicotomía entre lo nacional y lo foráneo.

Así que yo, que ahora vivo temporalmente en el extranjero, me preparo para los paradigmas habituales, pregonados por los amigos y familiarizares, en nuestro inevitable nuevo contacto, después de muchos meses de separación, y esperando oír sus expresiones habituales de admiración o rechazo: “vino más amistoso, más sabio, más tierno, más joven”, … tengo la esperanza que no digan… parece mentira que estuvo en “el extranjero” y llegó, “más viejo, más bruto, más gordo, más feo, más petulante”…Como soy optimista, deseo irme por el lado positivo de la vida, y que mis allegados vean en mí, los progresos ¡De…Afuera!